La Malora
carloseramirezram
¡Y no! Don Chico no tenía la culpa de vivir hasta la punta del cerro, ni tampoco tenía la culpa de sufrir de insomnio y aprovechar la noche para pastorear su ganado. Tampoco era su responsabilidad que los nietos de doña Silvia jugaran tan noche cerca de su rancho.
Solo escuchaba el grito de la señora -¡Hijos, vengan, ya saben que la Malora sale a esta hora de la noche-.
Don Chico no entendía por qué le tenían miedo esos traviesos pequeñines. No era un demonio como todos rumoraban. Tal vez su atuendo color negro, sus botas puntiagudas, y su chamarra holgada lo hacían parecer otra cosa, pero nunca un fantasma.
Los niños al oír los pasos del anciano, se metían debajo del mandil de su abuela.
Don Chico llegaba triste a su casa, un hogar solitario y en silencio, solo lo acompañaba su perro Beto, que la verdad, también parecía un demonio. A Beto le apodaban el cadejo, un perro grande, negro, peludo, que por mala alimentación, creció con un problema en su garganta que lo hacía ladrar como si se tratara del sonido de un monstruo.
Pobre Don Chico, hasta su perro le jugaba una mala pasada.
Don Chico, antes de dormir, miraba a su espejo, y podía ver su rostro pálido, lleno de arrugas por la vejez, con una barba descuidada. Mas que monstruo parecía vagabundo. Aquí, frente a su espejo es que él también sentía miedo, pero no del temor que hacía correr a los niños, sino de aquel de la soledad, porque la soledad era su maldición.
Pobre Don Chico, murió solo, sin que nadie le hiciera plática.
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